EL
PESCADO, LA ABUELA Y EL CÁNCER
I
Acompañé a mi abuela al
doctor. Se estaba realizando estudios para saber si el cáncer estaba despierto.
Ella me había dicho que
podía estar durmiendo en su hígado, o en sus pulmones o incluso en su piel.
Múltiples variantes
tiene un cuerpo para enfermarse, en especial
cuando se está aferrado a la vida con mucha fuerza.
Ella, a causa de todo esto, se ponía
nerviosa, y alteraba a todo el mundo.
Tanto a mi madre como a mí. Yo ante su
bravura metafísica la insultaba en
silencio, es decir para dentro. Hacía mí.
En la tarde de ayer se había puesto a maldecir el mundo, decía que
este era injusto, que por qué a ella
que (era tan “buena”) le tocaba tal
sufrimiento. Lloraba tan fuerte que me imagino que hasta el sordo Alberto la
escuchó. Después se la agarró con nosotros. Me dijo que la queríamos bien muerta,
que si la queríamos ver era en la tumba.
Entre una cosa y la otra insultó a mi vieja
y a mí ni te cuento las
barbaridades que me dijo querido lector.
Lo que si te cuento es que yo estaba re caliente y por dentro me dije
“Esta el cáncer lo tiene en su alma.” Luego sentí
culpa y me encerré en el baño en donde lloré
como un imbécil. Arrepentido pues
de tal pensamiento. Salí del baño y me juré que para reparar el daño
cognitivo (daño que mi abuela desconocía porque jamás escuchó lo que pensé, a solo que tenga telepatía, que ahí estoy en el
horno mal) debía darle un tremendo beso
y abrazarla con tal tesón hasta partirla en dos. Me dije que si se moría era de recibir tanta ternura. Pero apenas
crucé el comedor y la vi sentada en el sillón
con el típico camisón , me agarró
una parálisis espiritual que lo único que hice (de todo lo que me prometí) fue
sentarme en el sillón vacío que estaba enfrente de ella. Ella tomaba mate y
miraba en la tele una novela mala.
“Dale cagón, levántate
y dale un beso. Dale un abrazo y rómpele las vértebras” me dije.
“Abuela te amo” dije
adentro mío pero por fuera sin embargo pregunté:
“Abuela, ¿Necesitas
algo?”
Ella volteo del
televisor a mi cara y me dijo ofreciéndome un mate : “Sí. Si no tenes nada que
hacer… porque siempre algo tenes – típica ironía abueliana -, ¿Me acompañarías
mañana al doctor de los dolores?” “Si abu, sí, sí” dije tomando el mate dulce.
(Mi abuela lo toma amargo pero le puso azúcar para mimarme).
II
“¿Tanto va a tardar?
Hace como más de media hora que entró esa mujercita. Este se la debe estar
revolcando” dijo mi abuela en el medio de la sala de espera.
La sala era grande, de
paredes blancas, techo alto (también blanco) y piso gris. Un par de sillas vacías
para esperar cerca de las salas de los profesionales.
“¡Sos terrible abuela!”
dije.
“¡Si es la verdad! Si entro
yo en cinco minutos me suelta.”
“Pero bueno abu ,
paciencia. Ya nos van…. Ya te van a atender”
“Paciencia las pelotas”
dijo ella algo nerviosa.
Ella era experta en
todo lo relacionado a los hospitales y doctores. Había ido a un sinfín de veces
a distintas guardias y a unos más sinfines de veces a hacerse estudios. Pero de las muchas veces que la acompañaba era
la primera vez que la veía nerviosa.
“¿Cómo es la anécdota
del doctor Pájaro?” pregunté.
“¿Qué?” repreguntó ella
con tremenda cara de pocos amigos.
“Nada, nada”
“Yo llamé, – dijo mi
abuela sacándose los lentes y refregándose los ojos- tenía que sacar un turno. Digo mi nombre
y pido el turno para el doctor Pescado. Entonces la chica del otro lado me pregunta: “¿el doctor Pescado?, No hay
ningún doctor llamado Pescado”. Y yo le digo que si , que tengo anotado en un
papel , QUÉ PIDA TURNO AL DOCTOR PESCADO. Le pedí amablemente como siempre –
ironizando – que revise bien y me saque un maldito turno para el doctor
Pescado. Y la pobrecita me dice que lo siente pero que no existe ningún doctor
con el apellido Pescado. Y yo me puse como loca , la apure … - comenzó a reírse
– … pobrecita. Entonces es cuando me percato y no sé porque miro el papel que tenía en la mano y veo que
decía “SACAR TURNO A LA MAÑANA CON EL DOCTOR PÁJARO.”
Entonces estallé con mi
abuela de risa en el medio de la vacía
sala blanca ,donde los espíritus cada dos por tres ríen.
“Y le digo “perdonadme,
perdóname. Soy una estúpida. Dije doctor Pescado pero era doctor Pájaro.” La
pobre chica también río. Que lío hice” dijo ella apagando su risa.
“Cómo haces siempre, ¿no? “le dije.
“Cállate” expresó ella más relajada.
“Maidana , Laura” se
escucha decir en una voz gruesa. Era el doctor que llamaba de la puerta. Este
era alto (como muchos doctores) y delgado, con cabello corto y oscuro. “Pase
señora” repitió al ver a mi abuela que se acercaba a la sala rengueando con el bastón. En el transcurso
salió la jovencita que estaba atendiendo antes. Realmente era bonita. Pero no
creo que el doctor se la haya tirado en la sala. No creo que hayan intercambiado
fluidos en la mesa donde ahora mi abuela apoyaba sus manos. Es muy arriesgado o
tal vez soy muy inocente.
Yo me quedé en la sala
de espera. Como hacia siempre.
Y ahora quedaba
esperar. Aguantar. Esa cosa que se hace toda la vida. Esperar algo. Nunca se
sabe el qué. Solo esperar.
Aunque debo admitir que
una de las virtudes que tengo es esperar. Esperar la comida, esperar la
disculpa, un sexo ocasional. Todavía sigo esperando el amor. (Creo que se
espera cuando algo es posible que llegue, a pesar de las pocas probabilidades
sean casi nulas).
Salió mi abuela de la
puerta derecha sin apoyar el bastón en el suelo. Lloraba. Me dijo enojada
“¡vamos!”. Me levanté y vi al doctor que me miraba. Le ofrecí el brazo para que
ella me agarrara.
“No necesito tu brazo”
dijo mi abuela.
Tomamos el ascensor. Salimos del hospital. Hacía demasiado frío
para las situación. Esperamos el
colectivo. Qué mucho no tardó. Este estaba vacío. Nos sentamos adelante. Ella
lloraba en silencio.
Estaba despierto el
hijo de puta. No sé dónde. Al carajo el lugar donde dormía. Estaba despierto.
“No quiero entierro”
dijo ella.
“No pensés en eso
abue…”
“No
quiero entierro” me interrumpió.
Pensé
y pensé en algo que la hiciera reír. Y
se me ocurrió sugerirle que llamemos al doctor Pescado. Seguir con esa puta
historia. Pero en cambio la besé y la
abrasé con fuerza cerrando los ojos.
Ella quedó desconcertada.
“¡Por
favor abue, decime que te dolió!” dije cuando la solté.
FRANCO TEÓFILO
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