INSTRUCCIONES PARA ASESINAR LA TRISTEZA
Estaba solo y abatido. Miraba el
mar sobre una baranda cuando se le acercó. El viento golpeaba fuerte pero
ninguno parecía notarlo.
“Aunque no lo creas soy tímido”
le dijo el anciano bajito. Tenía un bastón de madera en su mano derecha. El
joven delgado y hermoso se volteó y lo vio. Mirando nuevamente hacia el
horizonte salvaje le respondió con cierto desdén: “Yo también soy tímido”.
El joven tenía una camisa blanca
y un pantalón negro ajustado. Tenía una rosa blanca abrochada sobre la camisa.
A la altura del corazón. La flor se estaba marchitando. Comenzaba a acabarse la
plenitud de su belleza. La camisa
danzaba a la par del viento a igual que su corto pelo.
“Es que yo no suelo acercarme a
desconocidos” expresó el anciano. “¿Y por qué hoy no estás haciendo lo que
sueles hacer?” pregunto a secas mirándolo esta vez. “No sé” respondió el más
veterano. “Creo que estoy triste” agregó.
El joven dándose vuelta le dijo
que también estaba triste. “¿Y por qué?” le pregunto apoyándose con más fuerza
sobre su palo de madera. “Primero explíqueme su motivo y después le diré el
mío” expresó el joven. Su piel joven se tostaba bajo un sol que le era
extranjero.
El anciano le contó que su hija,
a la que no había visto hace 33 años, lo había llamado por teléfono. En el
llamado le pedía que necesitaba reunirse para saldar ciertos rencores del
pasado. Él conto que lloro de la alegría a escondida en su cuarto de trabajo.
En secreto para que no lo viera su mucama. Nadie nunca lo vio llorar, a
excepción de su difunta mujer. Habían quedado en tomar un café a las diez de la
mañana en el famoso bar de Rockfeller. Ya había pasado 7 horas y ella no había
aparecido.
“Entiendo. ¿Te duele mucho?”
preguntó el menos veterano. El anciano no respondió. Solo miró el horizonte por
primera vez. “Capaz le sucedió un
imprevisto….” Estaba diciendo el joven cuando el veterano le interrumpió desde
la furia: “No me tomé el atrevimiento de acercarme a ti para escuchar lo que
todo el mundo me diría”.
“¿Dónde queda el bar?” preguntó
entonces.
“¿Por qué? sin sacar la vista del
mar.
“Porque vamos a tomar un café. Lo
invito” le expreso el joven. Luego lo agarró del brazo que no tenía el palo de
madera. Noto que en su mano arrugada tenía un anillo de oro que brillaba a la par
del sol. El anciano no limitó con fuerza su cuerpo. Se dejó arrastrar. Se dejó
llevar. Caminaron tres cuadras a la velocidad del menos joven. Era la distancia
que lo separaba del bar.
Este era gigante. Llenos de
cuadros de estrellas de rock. Era un lugar limpio. Lleno de gentes de una clase
social elevada. El joven al entrar no sintió vergüenza como en otras veces. Se
sentaron en una mesa para dos. Al lado de una ventana. Los atendió una joven
muy bonita de ojos claros. Pidieron café. El anciano pidió además un
“carlitos”.
“¿A sí que cuando está triste
hace cosas que no suele hacer? “dijo más que preguntando , hablando para sí mientras
saboreaba el café. El anciano soltó una pequeña carcajada. Si le dijo. “Creo
que es la desesperación” agregó.
“¿Qué le gustaría hacer? ¿Hay
acaso alguna gloria que no ha podido realizar?” interceptó el joven. “Ahora
deseo morir” le respondió el anciano.
“No me pida que le rompa la cabeza con ese bastón
de mierda” dijo el joven. El anciano soltó una risa chillona tan fuerte que el
resto de los comensales voltearon hacia su mesa. El joven también rió con menos
volumen. Ambos terminaron colorados.
.“¿Qué hacías mirando ese mugroso
mar? No te cansas de verlo? preguntó el viejo.
“Es la primera vez que lo veo”.respondió
el joven. “¿O sea que no eres de aquí?”.
-No –respondió el joven, y
agregó. “Ahora respóndame ¿Qué le gustaría hacer? Tiene que ser algo que le da
mucha vergüenza pero se muere por hacerlo. Tienes que aprovechar la tristeza”.
El anciano miro como perdido el
lugar. “Tengo ganas de romper un vaso o algo” respondió después de meditar.
El joven agarró su taza de café y
le dijo mirándolo a los ojos “Tírala”.
“¿Estás loco?” lo interceptó el
anciano mientras se le llenaron los ojos de agua.
Luego agarró la taza de porcelana
con media taza de café negro y la tiró al medio del piso, provocando un ruido pasmoso.
La sala quedó en silencio por
primera vez.
“¡Vamos tira algo más!” lo alentó el joven.
Entonces este empujó el plato donde antes estaban los carlitos haciendo otro
ruido vidrioso. El anciano se paró temblando. Agarró el bastón y empezó a
golpear con violencia todas las mesas. Quebrando todo lo que había sobre ellas.
Al terminar la barbarie, que duro unos largos minutos permitido por la no reacción de los demás
participantes, pagó todo los daños y los
dos cafés con el carlitos. Luego ambos se fueron hablando entre medio de la
sala silenciosa y ya algo vacía por ciertas huidas.
El más joven le contó que era de
Uruguay. Que en tres horas su vuelo salía para retornar a su país. Entonces el
anciano lo acompañó al aeropuerto. Le pagó el taxi y caminaron de la mano hasta
la estación del vuelo.
Entre vaivenes y otras cosas
banales de conversación, en la inevitable separación el más joven preguntó:”¿No
cree acaso que hay un misterio detrás de todas las cosas?” El anciano lo besó
en la boca y después le dijo que no. Qué no las había. El más joven quedó
pasmado. Luego se abrazaron. Y le regalo la rosa del amor frustrado.
El anciano al subirse a un taxi
notó que la mano donde tenía el anillo estaba morada. Sentía un dolor agudo.
Había decidido no toparse demasiado con la mucama. No quería dar explicaciones
de la lesión en su mano. El viaje le pareció corto, pero fue largo.
